Si la semana pasada constatamos el "hundimiento" de la educación como instrumento para hacernos con la comprensión del mundo que nos ha tocado vivir, esta semana vamos a analizar cómo deberíamos hacer para que los veinte años que en teoría dedicamos de media a aprender no sean inútiles ni contraproducentes. Sino que nos sirvan a desarrollar una actitud que nos permita a lo largo de nuestra vida entender y adaptarnos a la realidad de nuestra época.
Os propongo la lectura de tres textos que incorporo a este blog. El primero es de un filósofo español que sigue vivo, Fernando Savater, en el que nos indica que la principal obligación que tenemos en esta vida es no ser imbéciles. El segundo es una transcripción del discurso que pronunció Steve Jobs en la graduación de la Universidad de Stanford, una de las mejores del mundo, pegada a Silicon Valley en California, donde se encuentra la sede de las más poderosas empresas tecnológicas del mundo. Y el tercero es un texto extraído de la novela "La séptima función del lenguaje" del escritor francés Laurent Binet, galardonado con el premio Goncourt, el equivalente del Premio planeta español, el máximo galardón de las letras francesas, donde nos viene a explicar que para aprender lo mejor es el intercambio oral, ya que solo con el escrito -y menos solo con el audiovisual- no aprendemos gran cosa.
Leerlos con detenimiento porque no tienen desperdicio:
TEXTO Nº 1:
NO SER IMBÉCIL
"¿Sabes
cuál es la única obligación que
tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. La palabra "imbécil" es
más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín baculus que significa
"bastón": el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no
se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos, porque el bastón al que
nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y
dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad. El
imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela
olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies sino del
ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas
volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos a elegir:
a)
El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive
en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y
no ronque.
b)
El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de
lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar
ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.
c)
El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres
de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está
dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean; es conformista sin reflexión
o rebelde sin causa.
d)
El que sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere
flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre
haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si
entonces se encuentra más entonado.
e)
El que quiere con ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo
sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la
buena vida con aquello que va a hacerle polvo.
Todos estos tipos de imbecilidad necesitan
bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada
que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los
imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar.
Cuando digo "acaban mal" no me refiero que terminen en la cárcel o fulminados por un
rayo (eso solo suele pasar en las películas), sino que te aviso de que suelen
fastidiarse a sí mismos y nunca logran vivir la buena vida esa que tanto nos
apetece a ti y a mí. Y todavía siento más tener que informarte que síntomas de
imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro
un día sí y otro también, ojalá a ti te vaya mejor en el invento... Conclusión:
¡Alerta!, ¡en guardia!, ¡la imbecilidad acecha y no perdona!"
Fernando Savater (1991) Ética para Amador Madrid: Ariel, pp.
101-103
TEXTO Nº 2: HAMBRIENTOS CON UN PUNTO DE LOCURA
Discurso de Steve Jobs en el acto de graduación de
la Universidad de Stanford el 12 de junio de 2005.
«Me siento honrado de estar con vosotros hoy en esta
ceremonia de graduación en una de las mejores universidades del mundo. Yo nunca
me licencié. La verdad, esto es lo más cerca que he estado de una graduación
universitaria.
Hoy
deseo contaros tres historias de mi vida. No es gran cosa. Sólo tres historias.
La primera trata de conectar puntos. Me retiré del Reed College a los seis
meses y seguí yendo de modo intermitente otros 18 meses más antes de abandonar
los estudios. ¿Por qué lo dejé? Comenzó antes de que yo naciera. Mi madre
biológica era una joven estudiante de universidad, soltera, que decidió darme
en adopción. Ella creía firmemente que debía ser adoptado por estudiantes
graduados. Por lo tanto, todo estaba arreglado para que apenas naciera fuera
adoptado por un abogado y su esposa; salvo que cuando nací decidieron en el
último minuto que en realidad deseaban una niña. De ese modo, mis padres, que
estaban en lista de espera, recibieron una llamada en medio de la noche
preguntándoles: «Tenemos un niño no deseado; ¿lo quieren?». Ellos contestaron:
«Por supuesto».
Cuando
mi madre biológica se enteró que mi madre nunca se había graduado en la
universidad y que mi padre tampoco tenía el graduado escolar se negó a firmar
los papeles de adopción definitivos. Sólo cambió de parecer unos meses más
tarde cuando mis padres le prometieron que algún día iría. A los 17 años fui a
la universidad. Ingenuamente elegí una casi tan cara como Stanford y todos los
ahorros de mis padres, de clase obrera, se fueron en la matrícula. Seis meses
después yo no había sido capaz de apreciar el valor de su esfuerzo. No tenía
idea de lo que quería hacer con mi vida y tampoco sabía si la universidad me
ayudaría a deducirlo. Y ahí estaba yo, gastando todo el dinero que mis padres
habían ahorrado durante toda su vida. Decidí retirarme y confiar en que todo
iba a resultar bien. En ese momento fue aterrador, pero mirando hacia atrás es
una de las mejores decisiones que he tomado. Prescindí de las clases
obligatorias, que no me interesaban, y comencé a asistir irregularmente a las
que sí consideraba interesantes.
No
todo fue romántico. No tenía dormitorio, dormía en el suelo de las habitaciones
de amigos, llevaba botellas de Coca Cola a los depósitos de 5 centavos para
comprar comida y caminaba 11 kilómetros, cruzando la ciudad todos los domingos
de noche, para conseguir una buena comida a la semana en el templo Hare
Krishna. Me encantaba. La mayoría de cosas con las que tropecé, siguiendo mi
curiosidad e intuición, resultaron ser posteriormente inestimables. Por
ejemplo, en ese tiempo Reed College ofrecía quizás la mejor instrucción en
caligrafía del país. Todos los afiches, todas las etiquetas de todos los
cajones estaban bellamente escritos en caligrafía a mano en todo el campus.
Como había abandonado el curso y no tenía que asistir a las clases normales,
decidí tomar una clase de caligrafía para aprender. Aprendí de los tipos serif
y san serif, de la variación en el espacio entre las distintas combinaciones de
letras, de lo que hace que la gran tipografía sea lo que es. Era artísticamente
hermoso, histórico, de una manera en que la ciencia no logra capturar, y lo
encontré fascinante.
A
priori, nada de esto tenía una aplicación práctica en mi vida. Diez años
después, cuando estaba diseñando el primero ordenador Macintosh, todo tuvo
sentido para mí. Y todo lo diseñamos en el Mac. Fue el primer ordenador con una
bella tipografía. Si nunca hubiera asistido a ese único curso en la
universidad, el Mac nunca habría tenido múltiples tipografías o fuentes
proporcionalmente espaciadas. Y como Windows no hizo más que copiar a Mac, es
probable que ningún PC la tuviese. Si nunca me hubiera retirado, nunca habría
asistido a esa clase de caligrafía, y los ordenadores personales carecerían de
la maravillosa tipografía que llevan. Por supuesto era imposible conectar los
puntos mirando hacia el futuro cuando estaba en la universidad. Sin embargo,
fue muy, muy claro mirando hacia el pasado diez años después.
Reitero,
no podéis conectar los puntos mirando hacia el futuro; solo podéis conectarlos
mirando hacia el pasado. Por lo tanto, tenéis que confiar en que los puntos, de
alguna manera, se conectarán en vuestro futuro. Tenéis que confiar en algo, lo
que sea. Nunca he abandonado esta perspectiva y es la que ha marcado la
diferencia en mi vida.
La
segunda historia es sobre amor y pérdida. Fui afortunado, porque descubrí pronto
lo que quería hacer con mi vida. Woz y yo comenzamos Apple en el garaje de mis
padres cuando tenía 20 años. Trabajamos duro y en 10 años Apple había crecido a
partir de nosotros dos en un garaje, transformándose en una compañía de dos mil
millones con más de 4.000 empleados. Recién habíamos presentado nuestra más
grandiosa creación -el Macintosh- un año antes y yo recién había cumplido los
30.
Luego
me despidieron. ¿Cómo te pueden despedir de una compañía que fundaste? Bien,
debido al crecimiento de Apple contratamos a alguien que pensé que era muy
talentoso para dirigir la compañía conmigo. Los primeros años las cosas
marcharon bien. Sin embargo, nuestras visiones del futuro empezaron a desviarse
y finalmente tuvimos un encontronazo. Cuando ocurrió, la Dirección lo respaldó
a él. De ese modo a los 30 años estaba fuera. Y muy publicitádamente fuera.
Había desaparecido aquello que había sido el centro de toda mi vida adulta. Fue
devastador. Por unos cuantos meses, realmente no supe qué hacer. Sentía que
había decepcionado a la generación anterior de empresarios, que había dejado
caer el testimonio cuando me lo estaban pasando. Me encontré con David Packard
y Bob Noyce e intenté disculparme por haberlo echado todo a perder tan
estrepitosamente. Fue un absoluto fracaso público e incluso pensaba en alejarme
del valle [Silicon Valley, California]. No obstante, lentamente comencé a
entender algo. Todavía amaba lo que hacía. El revés ocurrido con Apple no había
cambiado eso ni un milímetro. Había sido rechazado, pero seguía enamorado. Y
decidí empezar de nuevo.
En
ese entonces no lo entendí, pero ser despedido de Apple fue lo mejor que podía
haberme pasado. La pesadez de tener éxito fue reemplazada por la iluminación de
ser un principiante otra vez. Me liberó y entré en una de las etapas más
creativas de mi vida. Durante los siguientes cinco años, fundé una compañía
llamada NeXT, otra empresa llamada Pixar, y me enamoré de una asombrosa mujer
que se convirtió en mi esposa. Pixar continuó y creó la primera película en el
mundo animada por ordenador, Toy Story, y ahora es el estudio de animación de
más éxito a nivel mundial. En un notable giro de los hechos, Apple compró NeXT,
regresé a Apple y la tecnología que desarrollamos en NeXT constituye el corazón
del actual renacimiento de Apple.
Con
Laurene tenemos una maravillosa familia. Estoy muy seguro de que nada de esto
habría sucedido si no me hubiesen despedido de Apple. Fue una amarga medicina,
pero creo que el paciente la necesitaba. En ocasiones la vida te golpea con un
ladrillo en la cabeza. No perdáis la fe. Estoy convencido que lo único que me
permitió seguir fue que yo amaba lo que hacía. Tenéis que encontrar lo que
amáis. Y eso es tan válido para el trabajo como para el amor. El trabajo
llenará gran parte de vuestras vidas y la única manera de sentirse realmente
satisfecho es hacer aquello que creéis que es un gran trabajo. Y la única forma
de hacer un gran trabajo es amar lo que se hace. Si todavía no lo habéis
encontrado, seguid buscando. No os detengáis. Al igual que con los asuntos del
corazón, sabréis cuando lo habéis encontrado. Y al igual que cualquier relación
importante, mejora con el paso de los años. Así que seguid buscando. Y no os
paréis.
La
tercera historia es sobre la muerte. Cuando tenía 17 años leí una cita que
decía algo parecido a «Si vives cada día como si fuera el último, es muy
probable que algún día hagas lo correcto». Me impresionó y en los últimos 33
años, me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: «Si hoy fuera en
último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer?» Y cada
vez que la respuesta ha sido «no» varios días seguidos, sé que necesito cambiar
algo.
Recordar
que moriré pronto constituye la herramienta más importante que he encontrado
para tomar las grandes decisiones de mi vida. Porque casi todas las
expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al
fracaso todo eso desaparece a las puertas de la muerte, quedando solo aquello
que es realmente importante. Recordar que vas a morir es la mejor manera que
conozco para evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás
desnudo. No hay ninguna razón para no seguir a tu corazón.
Casi
un año atrás me diagnosticaron cáncer. Me hicieron un escáner a las 7:30 de la
mañana y claramente mostraba un tumor en el páncreas. ¡Ni sabía lo que era el
páncreas! Los doctores me dijeron que era muy probable que fuera un tipo de
cáncer incurable y que mis expectativas de vida no superarían los seis meses.
El médico me aconsejó irme a casa y arreglar mis asuntos, que es el código
médico para prepararte para morir. Significa intentar decir a tus hijos todo lo
que pensabas decirles en los próximos 10 años, en unos pocos meses. Significa
asegurarte que todo esté finiquitado de modo que sea lo más sencillo posible
para tu familia. Significa despedirte.
Viví
con ese diagnóstico todo el día. Luego por la tarde me hicieron una biopsia en
que introdujeron un endoscopio por mi garganta, a través del estómago y mis
intestinos, pincharon con una aguja el páncreas y extrajeron unas pocas células
del tumor. Estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me contó que cuando
examinaron las células en el microscopio, los doctores empezaron a llorar
porque descubrieron que era una forma muy rara de cáncer pancreático, curable
con cirugía. Me operaron y ahora estoy bien. Es lo más cerca que he estado a la
muerte y espero que sea lo más cercano por unas cuantas décadas más.
Al
haber vivido esta experiencia, puedo contarla con un poco más de certeza que
cuando la muerte era puramente un concepto intelectual: Nadie quiere morir.
Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá. La
muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es
como debe ser porque la muerte es muy probable que sea la mejor invención de la
vida. Es su agente de cambio. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo.
Ahora mismo, vosotros sois lo nuevo, pero algún día, no muy lejano, seréis los
viejos. Y seréis eliminados. Lamento ser tan trágico, pero es cierto. Vuestro
tiempo tiene límite, así que no lo perdáis viviendo la vida de otra persona. No
os dejéis atrapar por dogmas, no viváis con los resultados del pensamiento de
otras personas. No permitáis que el ruido de las opiniones ajenas silencie vuestra
voz interior. Y más importante todavía, tened el valor de seguir vuestro
corazón e intuición, porque de alguna manera ya sabéis lo que realmente queréis
llegar a ser. Todo lo demás es secundario.
Cuando
era joven, había una asombrosa publicación llamada The Whole Earth Catalog, una
de las biblias de mi generación. Fue creada por un tipo llamado Steward Brand
no muy lejos de aquí, en Menlo Park, y la creó con un toque poético. Fue a
finales de los 60, antes de los ordenadores personales y de la edición mediante
microcomputadoras. Se editaba usando máquinas de escribir, tijeras y cámaras
Polaroid. Era como Google en tapas de cartulina, 35 años antes de que
apareciera Google. Era idealista y rebosante de hermosas herramientas y grandes
conceptos. Steward y su equipo publicaron varias ediciones del The Whole Earth
Catalog y luego, cuando seguía su curso normal, publicaron la última edición.
Fue a mediados de los 70 y yo tenía vuestra edad. En la contraportada de la
última edición, había una fotografía de una carretera en medio del campo a
primera hora de la mañana, similar a una en la que estaríais haciendo dedo si
fuerais así de aventureros. El pie de foto decía: «Seguid hambrientos. Seguid
alocados». Fue su mensaje de despedida. Siempre lo he deseado para mí. Y ahora,
cuando estáis a punto de graduaros para empezar de nuevo, es lo que os deseo.
Seguid hambrientos. Seguid alocados.
Gracias»